Fue en algún lugar del mundo. Sin nombre. Sin rastros en el mapa. Fue un lugar extraño, lejano. Fueron unos días sin noches, sin horas contadas ni realidades maquilladas.
¿Fue el azar sin más? Fue un dejar perderse… y un dejarse atrapar.

Abandonarse a la suerte de ser errante en un lugar extranjero. Se descubrieron piel a piel. Se rasgaron el alma. Los disfraces, simplemente, perecieron.

Fue un mundo dentro del mundo. La creación de un hogar absurdo y el deseo de permanecer para siempre en él. Se hallaron en un paradójico escenario y nuevos códigos surgieron en él. Es así como durante unos días mordisquearon pedazos de embriaguez.

Fue un adiós con huella. Porque quisieron alcanzar aquello impalpable.

Perdura ahora esa cicatriz deliciosa. Entre tanto aparece el recuerdo empolvado, levemente retocado por bellas traiciones que emergen de la fantasía. ¡Qué importa!

Fue el reconocerse y cerrar los ojos. Aflojar las riendas y dejarse atravesar.
Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.
-El mundo es eso- reveló. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende”



El libro de los abrazos
Eduardo Galeano





Quiero retener las horas y guardarlas en urnas de cristal. Es imperativo. No acepto un “me gustaría” en mi pensamiento.
Las agujas del reloj aceleran el tiempo que huye de mis manos y se desvanece entre la lluvia pisoteada por las lágrimas.
Las horas se transforman en minutos. Los minutos en segundos.
Todos mis movimientos van acompañados de imágenes que desfilan por mi mente. Imágenes de un pasado reciente naufragando en el caos.
Y desearía tanto expresar mi pensamiento a través de las palabras que de mi boca salen entrecortadas por un perverso nudo que alguien me depositó en la garganta.
Me embriaga la necesidad de decir lo que quizá jamás dije ¿y por qué durante estas últimas horas?

Quiero secuestrar estas malditas horas y aferrarme a ellas sin apenas respirar. No quiero pensar en el mañana ni en el tiempo que vendrá.

Ya sé: guardaré en mis maletas esas horas intactas entre los recuerdos del ayer y cuando esté lejos, muy lejos, activaré la tecla “play”.

Despertar con el cantar de los pájaros, escuchar el viento que lanza la roja tierra en mi piel.

Despojada de mis ropas que ocultaron mi cuerpo durante un largo tiempo.

Hoy, después de tres inviernos seguidos, por fin puedo sentir el calor en mi piel.

Me gusta...

... reír a carcajadas de lo absurdo y me fascina compartir las carcajadas, me gusta que me hagan reír y hacer reír. Me encanta la ironía y me gusta jugar con quién sabe jugar. Pues sí, me atraen las complicidades. Me gusta reconocer en los ojos del otro una mínima parte de mí.

Me gusta llorar y sentir como las lágrimas se desplazan por mi rostro, cayendo algunas de ellas en mi boca, y es entonces, cuando beso su dulzura y me miro al espejo y los ojos están enrojecidos y deformados, y el delineador negro se desdibuja. Me gusta llorar y que alguien me abrace mientras lloro y que me preste su hombro y que se empape de lágrimas y que no me diga nada al oído, simplemente que me abrace.

Me gusta el silencio. Escuchar el silencio. Fumar un cigarrillo mientras escribo envuelta de silencio. Quietud.
Me gusta dormir sabiendo que ningún ruido estridente quebrantará mi sueño al día siguiente. Me gusta abrir los ojos un sábado por la mañana y ver la luz del día. Me gusta despertarme con un dulce sabor a sueño. No me gusta no acordarme de los sueños cuando me despierto, y lo que es peor; no me gusta no acordarme de anotar los sueños en mi cuaderno de sueños.
Detesto mirarme al espejo y ver que cada mañana las ojeras gritan ser difuminadas y que las arruguitas del llamado contorno de ojos (conocidas como “patas de gallo”) se acrecientan. Me quejo pero en el fondo presumo de patas de gallo (hasta ahora), aunque diga que no.

Me gusta fumar y tomar vino. Perdón: compartir un buen vino mientras fumo.



Me gusta conversar, me fascina aprender, me atrae descubrir. Me enfurece la hipocresía, prefiero que me hieran a que me digan una mentira. Odio la pedantería.

Me gusta permanecer descalza en la orilla del mar y esperar a que las olas se rompan y que el agua avasalle mis pies, reconocer las olas que llegan y las que se quedan atrás.

Me atraen los aeropuertos. No me importa esperar. Me gusta observar. Ver como la gente se despide. Sentir los reencuentros. Imaginar historias. Me gusta esperar a una persona que hace tiempo que no veo aunque… prefiero ser yo la que arriba (obvio). Me siento viva cuando me desplazo entre un lugar y otro.

No puedo huir de la intensidad y cuando ella huye de mí, me hundo. Me gusta vivir con intensidad. Busco la adrenalina.

Dicen por ahí que peco de ser drástica cuando no me gustan las circunstancias, que la paciencia no es una de mis virtudes y que soy demasiado inquieta, o ¿dispersa?, que los extremos nutren mi mundo y que la contradicción alimenta mis vísceras. ¿Y qué? Me gusta la contradicción.

Odio hacer lo que toca hacer, por mucho que, a veces me vea obligada a hacerlo. Intento huir, No me gusta enojarme. Detesto mis enojos. Odio mi mal humor. Me gustaría no ser así.

Me gusta sentir los nervios en el estómago y no poder ingerir ningún alimento, cuando algo bueno acontece.

Me encanta la euforia y ser eufórica sin límites.

Detesto comprar tabaco en las máquinas de los bares de Barcelona. Pedir que me activen la máquina. Introducir las monedas y que no tengan Chester. Decidir, entonces, comprar Camel Light y cuando pulso el botón que no tenga cambio. Pulsar el botón rojo para que me devuelva las monedas. Pedir cambio en la barra. Volver a pedir que me activen la máquina. Pulsar de nuevo el botón de Camel Light. Odio que comprar tabaco se convierta en una odisea.

Me gusta la confianza y sentirme cómoda entre amigos y sentir, poder sentir, que me conocen más que nunca. Me entristecen las separaciones. Me entristece alejarme, no me gusta que se alejen. Me derrumbo cuando intuyo las fisuras.

Me gusta y me resulta duro aprender a extrañar.

Me gusta contemplar la risa torpe de un bebé.

Me gusta seguir mi intuición. Aprendo a seguir mi intuición.

Disfruto con mis arrebatos, buenos o malos, al menos siento.

Me gusta que me despierten con un beso en el pecho.

Me atrae escuchar a las personas que tienen muchas cosas por contar y me gusta que ellas me escuchen a mí cuando tengo algo que decir.

Me gusta la transparencia de una mirada. Me gustan las personas transparentes.

Me gusta que mi casa huela a musk o a sándalo. Abrir la puerta y prender un incienso. Poner música y subir el volumen mientras la voz de Françoise Hardy se convierte en mi compañera de velada.

Me atraen las situaciones complejas. Adoro la luna llena.




Me gusta ver caer las estrellas fugaces pero casi siempre me olvido de pedir deseos, ¿alguna vez se cumplieron? No me acuerdo.


Me gusta sentir el sol en mi espalda y el calor en mi cuerpo. Y disfruto de un atardecer en el mar (¿y quién no?)…




creo que ya es suficiente por hoy…c´est fini.




Marzo´07

Descubrí...

...el valor de una palabra cuando se la lleva el viento.

Nunca, nunca más lograría atraparla. Huyó en el preciso instante que pretendía seducirla.

Huellas humanas

Una vez un gran amigo me dijo: “La vida te va poniendo gente al frente”. Todavía no sé si la vida me sorprende con gente, o, por el contrario, soy yo, la eterna buscadora de esa gente.

Personas que vienen y van. Algunas deciden seguir existiendo en mi vida y ya no se van más. Están lejos, a veces muy lejos, pero las siento cerca. Otras se pierden en el camino, o me pierdo yo…Algunas relaciones se transforman y ese “no sé qué” llamémoslo vínculo, se esfuma entre mis manos. Triste. Triste y real. ¿Será que uno de mis pecados es la melancolía?

Siento que tengo gente repartida por diferentes partes del planeta. Pero digamos personas, no gente. A veces pienso que me gustaría juntar en una habitación a todas las personas que están repartidas por ahí, por el mundo, y que en algún momento compartimos pequeñas parcelas de nuestras vidas. Yo las observaría desde un agujerito…

Simplemente las observaría.

Sigo sin saber porque algunas personas se me ponen al frente y me dicen: Aquí estoy. ¿Será que todavía no sé desear sin gritar? ¿Quizá es que el deseo, de tan secreto que es, fisura el silencio?

Aunque lo más asombroso es cuando no deseo, o no sé si deseo, o me pierdo en mis deseos, y las personas aparecen de manera inesperada y también me dicen: Aquí estoy. Y es entonces cuando ese momento insólito y extraordinario al mismo tiempo, transforma en un simple parpadeo mis sentidos. Los cruces me regalan otros senderos por donde transitar.

Mi cuerpo está vestido de huellas humanas. Quizá en un tiempo descubra el porqué de estas huellas. O quizá no existe un porqué. Simplemente pasaron por mi vida, algunas se quedaron sin más, otras me atraparon, yo me dejé atrapar, otras se fueron sin mirar atrás.

Miedo a lo desconocido de Clarice Lispector

Entonces eso era la felicidad. Y casi sin motivo. Al principio se sintió vacía. Después los ojos se le humedecieron: era felicidad, pero cómo soy mortal, cómo me trasciende el amor por el mundo. El amor por la vida mortal la asesinaba dulcemente, de a poco. ¿Y qué hago? ¿Qué hago con la felicidad? ¿Qué hago con esta paz extraña y aguda, que ya está empezando a dolerme como una angustia, como un gran silencio? ¿A quién le doy mi felicidad, que ya está empezando a lastimarme un poco y me asusta? No, no quiero ser feliz. Prefiero la mediocridad. Ah, millares de personas no tienen el valor de al menos prolongarse un poco más en esa cosa desconocida que es sentirse feliz y prefieren la mediocridad.

En "Revelación de un mundo", Clarice Lispector

esa noche me sentí como una reina

mientras el champagne impregnaba mis venas y el aroma a levedad saciaba mi sed. La oscuridad inventó un viaje con fecha de caducidad y yo lo agarré sin apenas respirar. Navegué en el frenesí de la noche, bailé entre el humo que deambulaba en un impasse. Por momentos ese humo intoxicado era yo.Lo único que deseaba es que la noche no terminara. ¡Qué loco! Sólo deseaba que esas horas fueran eternas, sin preocuparme por el mañana. Y volar...

Una noche delirante que terminó en una frenética tormenta, pero fue una linda tormenta que no impidió en ningún momento, caminar bajo la lluvia. Mi cabello se transformó en una cascada de rulos, mi vestido entallado y empapado no opacó mi elegancia.
No, esa noche no. Deseaba sentirme elegante y feliz. Una felicidad absurda, porque las cosas buenas siempre tienen un apresurado final. Y el vacío podía llegar en cualquier momento, imprevisiblemente.

Llegué a casa, fumé el último cigarrillo de la noche, me acosté mientras el alcohol secaba mis venas. Tan sólo anhelaba permanecer en la levedad porque el mañana se acercaba con sobrepeso. Temerosa de nuevo, no quería despertar.Y llegó la maldita hora del final... ¡Y que coño, esa noche me sentí reina!

Susúrrame

Susúrrame al oído que el mañana es una farsa y que pasará sin más al despertar
que ya no hay pasados que atormenten ni futuros que remar.

Acaríciame el rostro y no me dejes dormir. Que mis ojos no claudiquen. Por favor, no me dejes ir.

Susúrrame al oído que las más altas montañas me atenderán y que el tren me guardará un lugar. Mis alas deciden reposar y yo permanezco en la levedad.

Escucha mis secretos sin apenas preguntar.

Invéntame un pedazo de vida en esta oscuridad